miércoles, 29 de julio de 2020

¡MANOS A LAS OLLAS!



Antonieta

Relato 

En unos minutos estará listo ¡cuidado y abren las ollas! son las palabras de la abuela que se escuchan desde la cocina. 

 Mientras todos rodeamos ese lugar prohibido por la doña, quedamos embelesados con los aromas que se desprenden de las ollas, a través de los vapores mágicos que salen de allí. 


El tomate, la albahaca, la cebolla, el perejil, y el orégano se unen en esa salsa hecha con amor.

En la cocina nos quedamos al llegar a la casa.

Desde la puerta vamos guiados por todos los olores que la invaden.

Vamos danzando entre los aromas y el sonido del bolero, una música romántica que desde que la abuela entra a la cocina ambienta su trabajo con la comida. 

Allí bailamos, reímos, hablamos y a veces jugamos a adivinar que hay dentro de las ollas. En la familia no se atreven a destapar, sin permiso. Un solo movimiento de las tapas podría ser un acto mortal, la abuela no perdonaría esa ofensa. 

《¡Esa tapa no se mueve de su sitio! Hasta que yo diga》grita la abuela. 

Empezamos a distinguir los olores de las especies, vegetales y verduras. Si es un guiso de pescado, carne o pollo, ya desde que entramos a la casa podemos saberlo.

Algo extraño sucedió en el día del Espíritu de la Navidad


Un 21 de diciembre en la noche, la abuela había dejado su guiso de las hallacas, comida típica venezolana en esa fecha, en la cocina listo para continuar el siguiente día con la preparación de la comida. 

Con la hallaca hay que seguir varios pasos religiosamente para prepararla. Cada región en Venezuela tiene su manera y además cada familia cumple su propio ritual. 

Pero su proceso es casi siempre el mismo. La abuela había puesto barreras y obstáculos alrededor de las ollas para que no se atrevieran a destaparlas. 

Y tampoco cayeran en la tentación de los aromas, que por segundos te llenan la mente con imágenes de un pedazo de arepa o pan mojado con ese manjar ¡ah! ¡Qué Dios tenga piedad! -de todos nosotros- sí, caemos en la tentación. 

Pues, hemos tenido de mucha religión y pasajes de la biblia como para soportar el no tocar las ollas de la abuela. 

Pero esa noche, celebramos la llegada del espíritu de la navidad, y en la casa colaboramos todos en la preparación de las hallacas, cada quien tiene su función, el que prepara el guiso (la abuela); la que extiende la masa (mi mamá, abuelo y tías); los que amarran (tíos y mi esposo); los que limpian las hojas (primos) y la que reparte las bebidas y picadas a los que trabajan, y quien además pone las gaitas, música tradicional de la fecha (yo) ¡Esa es mi gran labor! 

Terminamos de hacer parte de la comida y de divertirnos un poco entre familia para continuar al día siguiente. En Venezuela el mes de diciembre es un símbolo de fiestas, y hacer las hallacas es parte de eso. 

Salimos de la casa, dejando todas las ollas bien cerradas y la abuela puso sus acostumbradas trampas para proteger el tan deseado tesoro dentro de ellas.

Antes de salir de la casa la abuela se aseguró que no quedaran escondidos en la oscuridad con la idea de meter sus manos en las ollas, cuando se trata de su comida es estricta. 

《¡Sí! todos los que hoy entraron a la casa, ahora salen》 ella le susurró al abuelo. 

Cerraron las puertas y apagaron las luces, ya la cocina estaba segura de cualquier intruso.

A veces nos reíamos recordando las medidas algo exageradas de la abuela para proteger su cocina, pero esa noche descubrimos que ella tiene razón. 

Días antes a la reunión para el espíritu de la navidad, nos había comentado que en las noches escuchaba pasos desorientados en la sala, como de alguien que no podía caminar en la oscuridad. A ella le pareció extraño, pero fueron unos minutos.

Pensó que no era nada, días después sintió movimientos en la cocina, como algo escarbando. Esa noche, sí, se paró, pero no pudo encontrar sus pantuflas y el dolor de las piernas no la dejaron parar a tiempo cuando salió ya lo que había estado escarbando se había ido. 

El abuelo dijo que era un ratón o una rata muy grande ¡asco! Exclamamos todos al unísono. 
La abuela estaba muy inquieta por esos hechos.

Ella no creyó que fuese una rata, siempre nos miró con sus ojos penetrando los nuestros, como buscando el posible intruso entre nosotros. 

Yo le vi sus intenciones, de una vez le confesé que había perdido mis llaves, que tenía días sin verlas, pero que de seguro estaban pérdidas en mi casa. ¡Todos saben lo despistada que soy!

Entonces los demás miembros de la familia comenzaron a comentar de sus actividades por esos días, ninguno estaban por los alrededores de la casa, otros también tenían las llaves extraviadas, y otras excusas, mientras la abuela nos inspeccionaba con su detector de mentiras natural, sus ojos. ¡Ah, qué miedo!

Por esos días fuimos exonerados, pero con medida rigurosa de no alejarnos mucho de los ojos de la abuela. Cada vez que abrimos su nevera sentimos sus miradas por todos lados, creemos que está en su cuarto revisando cámaras de seguridad.

En esa nevera hay chocolates, dulces, cremas y muchas cosas deliciosos esos postres que las abuelas siempre tienen para hijos y nietos. Pero hay que esperar que ella los reparta, sin pretender más de lo que calcula para darte, lo que está allí debe alcanzar para todos. Y aunque veas que no es posible, que pueda repartirse entre todos, la abuela hace magia y lo logra. ¡Así es la abuela! 

La llamada inesperada 


Al otro día muy temprano todos recibimos la terrible llamada, de esas que no quieres atender. Alguien o algo había destapado todas las ollas y se echaron a perder los guisos. 

¡Ah! ¡No puede ser! Se escuchaba por la bocina del teléfono 《¡Vengan todos de inmediato!》 El cuerpo me tembló y la piel se me puso de gallina. 

Nada podía ser peor, en ese instante, la doña estaba enojada. Quisiera describir los latidos de mi corazón, pero me quedaría corta de la intensidad con la que latía.

El miedo se apoderó de mi ser. ¡Ay! El miedo como dolía.

Nos llamamos en medio de la situación, pero ¿Qué pasó? No entendíamos ¿quién fue? Por supuesto todos nos defendimos, y nadie había sido. 

Cuando llegamos a la casa todos sudando frío como cuando vas a recibir un regaño muy grande. Aunque no somos culpables, no sentíamos los primeros acusados. 

El abuelo estaba en la cocina pálido, pasmado enfrente de las ollas. 

Cada uno nos fuimos acercando al guiso, aquello no se podía creer, estaba ácido y las burbujas de descompuesto se notaban en todas las ollas. 

¿Quién habría hecho ese crimen? Nos sentíamos tan mal que no podíamos ver a la abuela que se había encerrado en su cuarto desconsolada. ¡A la artista le habían arruinado su obra maestra!

No parábamos de imaginar el hecho, seguimos indicios y armamos posibles hipótesis.

La manera de abrir las ollas y dejarlas mal tapadas, tendría que haber sido un gato, que medio abrió la tapa para lamber un poco. O fue una persona con el más mínimo respeto por el trabajo que había hecho la abuela.   

Allí estuvimos todo el día, pensando e indagando. Las ventanas estaban cerradas no podría haber sido un gato.

El abuelo no lo haría él sabe que sería un grave error de su parte y además no come tan tarde porque le da acidez.

Nadie más podría haber sido. Desde ese día la abuela tomó sus precauciones, sabemos que ella descubrió al intruso de esa noche, pero prefirió guardarlo en secreto.  

No sabremos quién o qué puso “manos a las ollas”.  


Recuerdos e inicios en salsa

Aprendí hacer salsa de tomates en la cocina de la abuela. Así que cumplo cada paso que ella hace. Cada vez que alguien me llama para darle la receta o la fórmula se lleva la sazón de la abuela. 

Lo importante es tener tomates maduros, muy rojo, con suficiente pulpa y jugosos, el olor intenso, dulce y fresco dice que el tomate está bueno. Cocinarlos de una a dos horas depende del tiempo que necesites para verlos pasar de rojo claro a rojo intenso. 



Tengo una amiga que frecuentemente me llama cada vez que va a hacer su salsa, siempre me la pide y se la doy al pie de la letra. 

La verdad es que me gusta repetir las recetas. Soy de paciencia y con mi amiga la he cultivado. 

La cocina es algo maravilloso. ¿Cuánto podemos tener como recuerdos de una comida? Hasta en las situaciones difíciles por las que hoy pasamos, pensamos y extrañamos esos momentos de reuniones en bares, restaurantes, cafés o los domingos en la casa. 



Por los recuerdos podemos saber que cada olor a pan recién hecho, pastel en la mesa, guisos y salsas en la cocina, el penetrante e irresistible olor de las pizzas, un buen asado en los fuegos, una suculenta hamburguesa con crujientes papas fritas o asadas, las espumas de las cervezas, el descorche de un vino, los sonidos de los hielos chocando en un vaso, el café de la mañana, el té de la tarde o compartir el mate, es más que un placer son parte de nuestra vida, nos pertenecen y es una identidad. 



Cada familia en este mundo tiene sus tradiciones bien establecidas. Por eso hoy sufrimos el no podernos reencontrar con los nuestros en esas reuniones que nos hacen sentir unidos, acompañados y apoyados por los seres queridos. 

Hoy, nos toca aceptar que las tradiciones o costumbres pueden cambiar abruptamente, aunque no nos guste. Vamos a ir con calma, entendiendo los cambios y adaptándonos al momento que nos toca. 

Hay que recompensar el día a día, con lo que no hemos aprendido, y aprovechar para hacerlo. Yo por el momento empiezo a ver como hago una mejor huerta en mi jardín con más verduras, frutas y vegetales. 



Estos días son para aprender cada minuto cuenta y hay que aprovecharlo. 








 

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