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martes, 26 de mayo de 2020

ME PASÓ UN MARTES 13







Antonieta

Relato 


Veo el reloj y son las 6:00 a.m. es martes 13

Despierto con malestar de resfriado, me duele la cabeza, el clima está helado. 

Hace mucho frío ¡Puto frío!

Me parece extraño a penas empieza el otoño, no debe estar así.

Me duelen las articulaciones, la humedad se mete por dentro del cuerpo y te hace doler los huesos, te tumba, te inmoviliza.

 ¡Puto frío! ¡Es insoportable!

Alcanzo una cobija gruesa para taparme y como puedo me pongo de pie, estoy totalmente encorvada, me cuesta incorporar el cuerpo a su estado normal.  

Intento llegar a la ventana del cuarto, veo el jardín. Está nublado el ambiente es gris oscuro, se empaña el vidrio de la ventana y no me deja ver más.

Voy caminando como puedo a la cocina, enciendo la estufa.

Necesito calor para volver a retomar la fuerza de mi cuerpo

Después de un rato sentí mejor el ambiente, el cuerpo volvió a su normalidad, pero la congestión seguía ¡qué malestar!

Que bueno que los niños aún duermen

Revisé por todos lados buscando las medicinas.

Es temprano todo está cerrado y la farmacia de turno muy lejos. 

Un té de limón es lo que necesito

Me asomo al jardín y allí está el pequeño árbol de limón, desvalido en medio de aquel frío insoportable.

¡Pobre! Me da lástima

Está torcida, como yo hace un instante.

La observo y no tiene limones, hasta ayer tenía tres, ya no están.

 ¡¿Quién sería?!

¡¿Quién agarró esos tres limones?!

Ahora ¿Cómo me repongo de este malestar infernal?

No puedo pensar, la nariz me gotea, es horrible esta sensación.

Veo a los lados y recordé que el vecino tiene el limonero más grande que he visto.

Me asomo y tiene limones, pero ¡por Dios! están demasiado altos.

Yo, con esta estatura de medio metro. No me puede estar pasando esto, la próxima vez compro muchos limones.

Busqué la silla más alta que tengo, y nada, no logro alcanzar el único limón maduro que hay en el bendito árbol, —la escalera me servirá—, pensé.

Me subo hasta el final, el hierro helado de la escalera me hace doler las manos, pero sigo adelante, pienso en el malestar que no aguanto.

Días atrás estuve discutiendo con mi esposo para que no le quite los limones al vecino, esas cosas no me gustan, me dan vergüenza, soy incapaz de pensar en eso, pero la urgencia que tengo no podía esperar.

Subí y como pude me agarre de las ramas del árbol, y en puntas hacia él tomé el limón, pero la rama no lo suelta, no quiere dejar ir el limón, forcejemos por un rato, hasta que yo no pude más, el frío y la fuerza que hice me hicieron tambalear.

Me entraron escalofríos por el cuerpo y el miedo se apoderó de mi. Sentí que me miraban desde lejos, escuché pisadas, las hojas secas crujían en el suelo, alguien de la casa del vecino se acerca.

Baje los escalones como pude, esperé un rato, pasaron unos minutos, ya no se escucha nada. 

 ¿Quién se atreve a salir con este frío? 

Volví a subir y veo unas cajas encima de unos bloques muy cerca de donde estoy.

Busqué dentro, hay muchos limones maduros, suspiré de alivio.

Los vecinos cosecharon. No sé cuántos limoneros hay en esa casa. Nunca me ha interesado saber quienes son mis vecinos y menos a que se dedican.

De vez en cuando se asomaban con la brisa unas cuantas plantas de marihuana por el muro que divide la casa, al principio me sorprendí, pero después pensé que ese no era mi asunto. 

Cada quien con sus gustos —murmuré—tomé unos limones y baje de las escaleras tan rápido como puede.

Fui directo a la cocina, calenté el agua y partí uno de los limones en dos, de repente no podía creer lo que veían mis ojos, el malestar se me quitó de golpe.

No lo podía creer.
 
—¡Dios que he hecho! —exclamé.

En que problema me he metido que era aquel polvo blanco dentro del limón, partí los otros, eran cuatro, todos estaban iguales.
 
Empecé a temblar. De repente escuché golpes en la puerta y una voz que decía:

¿Vecina está allí?







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